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domingo, 2 de febrero de 2014

ALGUNAS COSAS BUENAS DE ROMPERSE EL PERONÉ

Por las mañanas ponen Friends en la tele y puedo verlo. Calculo que habré visto esa serie como seis veces y me sigue gustando tanto como la primera. Nunca se ha hecho ni se hará nada mejor. El otro día leí en Twitter que  todo lo que te puede ocurrir en la vida está reflejado en un capítulo de Friends. No diría yo que no.




Tengo tiempo para leer. Ahora estoy con el último libro de Isabel Allende “El juego de Ripper”. Es una novela de misterio sobre los participantes en un juego de rol que se dedican a resolver asesinatos reales. No me entusiasma demasiado. Me gusta mucho cómo escribe esta mujer pero coincido con mi amiga M. en que en su trayectoria literaria ha ido de más a menos. Su obra cumbre fue la primera, “La casa de los espíritus” y después ha ido empeorando progresivamente. Sin dejar de gustarme reconozco que no es lo mismo  aunque salvo de esta crítica “Paula”, el libro que le escribe a su hija mientras lucha contra una grave enfermedad. Tengo un ejemplar de la primera edición de “La casa de los espíritus”. Se lo regaló mi padre a mi madre hace años,  en 1981 creo, y yo lo he confiscado por el procedimiento del descuido  y me lo he quedado. No sé si tiene mucho valor pero puede que algún día lo tenga. Perdí la oportunidad hace unos años de que su autora me lo firmara. Debía haber aprovechado que estaba en Plasencia presentando “Inés del alma mía” pero cuando me acordé era demasiado tarde.


Tengo más tiempo para el blog. Ya. Lo sé. Hace más de una semana que no me asomo por aquí y eso que tengo más tiempo. El problema es que cuando una está la mayor parte del tiempo en casa y en reposo no tiene muchas vivencias o experiencias inspiradoras. Tengo a las musas aletargadas, igual que esto yo.

Veo a mi hijo irse y venir de la guarde. Me encanta, sobre todo la vuelta. Viene entusiasmado con una sonrisa de oreja a oreja y muy cariñoso. Me lo como a besos.


Estoy al tanto de toda la actualidad nacional e internacional. El caso Neymar, la rampa de la Infanta, la crisis matrimonial de Letizia, la subida del Euribor, las rebeliones de Kiev… Observo con estupor que la Merkel también anda con muletas. Qué bruto su médico que no le ha dado la baja. Lo de ella ha sido un accidente esquiando, que tiene mucho más glamour que romperse una pierna por meterla en un hoyo del asfalto. Claro que seguro que por donde ella camina no hay hoyos.


Puedo ver los magacines de la mañana de la tele. No me resultan demasiado interesante y sus presentadoras tampoco me convencen. Susana Griso tiene la voz demasiado engolada, Ana Rosa Quintana está mucho más vieja que en la portada de su revista y Mariló Montero simplemente me cae mal. Esto son tonterías mías sin fundamento, perdonadme.


    He tenido que rebuscar mucho en mi cabeza para encontrar estos argumentos favorables a estar así, con la pierna rota.  Cosas malas veo muchas más: Es una mierda tanta inactividad, me aburro mucho, me tienen que acompañar a todas partes, tengo a mis padres esclavizados, no puedo jugar con mi hijo, ducharse es complicadísimo, me tengo que pinchar heparina a  diario y ya tengo la barriga como un mapa, no puedo hacer planes chulos, me he perdido mi viaje a Italia… No sigo porque se me pone un nudo en la garganta.

   Dice mi madre que la culpa de todo la tengo yo, por negarme a comer las uvas esta Nochevieja pasada. No es bueno desafiar a la mala suerte y estoy pagando las consecuencias. Por si acaso y por si sirve de algo la rectificación, me las voy a comer hoy. Si golpeo con la muleta la lámpara de la habitación de mi hijo hace un sonido parecidísimo al reloj de la Puerta del Sol. Consigo imitar el carrillón (clanclanclanclanclanclan…), los cuartos (clanclan, clanclan, clanclan…) y las doce campanadas (clan, clan, clan…). O mejor busco en You Tube, que seguro que hay colgado algo de la Igartiburu o de Ramón García de algún fin de año. Me resultará más cómodo y sobre todo, menos patético.


   Menos mal que sólo me quedan dos meses de escayola y cuatro de muletas. 


ROSA

viernes, 27 de septiembre de 2013

COMER ES UN GRAN PLACER

            La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Ay, dios. Si tenía yo poco con haber descubierto que soy una LAT ahora resulta que también soy una “Foody”. Cuántas cosas se descubren de una misma cuando se lee la revista de Ana Rosa Quintana. Denominan Foodies a los “paladares exquisitos en busca de nuevas experiencias gastronómicas”. Ahí le has dao, Ana Rouse, ahí le has dao. Y yo pensando que era una vulgar glotona.

            Me gusta comer. Reconozco que me dan repelús ese tipo de personas, normalmente mujeres, que dicen que comen por obligación, porque hay que hacerlo, pero que no disfrutan. Que les da igual fu que fa. A su favor tienen que son flacas (siempre son flacas) y en su contra tienen que se pierden uno de los grandes placeres de este mundo y no están las cosas para ir desdeñando placeres. Qué queréis que os diga, a mí la gente así me da penilla. Mi compañera de trabajo dice que jamás ha sentido necesidad de comer, que no sabe qué es eso. Y me lo dice a mí, que a las dos y media estoy subiéndome por las paredes de la oficina y veo turbio del hambre que tengo. A veces la veo picar algo, una galletina o un snack, pero enseguida se llena. A mí no me engaña. Eso ni es comer ni es ná. Huelga decir que ella pesa más o menos la mitad que yo, gramo arriba gramo abajo.

            Hay nuevas tendencias para los gourmets que se están poniendo de moda. Una de ellas me encanta: Invitar a desayunar. Qué detallazo que alguién te lleve a un sitio chulo a tomarte un café bien hecho o un chocolate con tostadas o cruasanes calentitos... Hummm. Si no estáis salivando es que estáis muertos. Dentro de esta nueva tendencia destaco lo que a mí más me gusta: El Brunch. Seguramente los más “cool” de los que me estéis leyendo ya sabéis de qué os hablo y puede que ya lo hayáis practicado. Se trata de una mezcla entre el desayuno y el almuerzo (nuestras madres inventaron algo parecido tiempo atrás con las meriendas-cena). El Brunch se toma a eso de las doce o la una y con eso aguantas hasta la noche porque puede durar hasta las cuatro de la tarde en algunos casos. Empezaron a servirlo en los hoteles más chic para la gente trasnochadora y ya se va extendiendo. Se sirve café, zumos, bollería y delicatessens dulces pero también platos salados e incluso champán. Cuando yo viajo hago mi propia versión del brunch. Siempre elijo hoteles donde me aseguren que el desayuno buffet es muy bueno y me pongo como el Quico (¿Quién será el Quico?) llegando a tener que saltarme la comida si me he empleado a fondo. Yo es que soy muy de desayunar. Uno de los lugares más chulos que he conocido y en el que más he disfrutado de este noble arte ha sido en Le Pain Quotidien. Fue en Bruselas, en un viaje que hice hace unos años, cuando mi amiga M. trabajaba allí en asuntos de la Unión Europea. Le Pain Quotidien es una franquicia francesa de panaderías ecológicas donde eliges lo que quieres tomar (también hay menús standars maravillosos) y te lo sirven en divertidas “mesas comunales” donde puedes leer la prensa o charlar mientras disfrutas de artículos de primerísima calidad: mermeladas estupendas, panes variados, magdalenas o muffins riquísimos... Pongo una foto que he encontrado que parece que desprende aroma y todo. Qué rico, madre. También puedes comprar lo que quieras y llevártelo a casa. Es un poco caro, pero merece la pena. Aquí en España sólo existen dos establecimientos de esta franquicia y los dos están en Madrid: uno en Fuencarral y otro en Velázquez.


            Otra corriente nueva relacionada con el mundo gastronómico son las cenas clandestinas. Se trata de restaurantes efímeros que abren sólo para una noche. Se encuentran en  lugares misteriosos donde se convoca a gente que no se conoce entre sí y que no sabe ni qué van a comer ni quién se lo ha preparado. Prestigiosos chefs se prestan a esto y quien lo prueba dice que más que una cena es toda una experiencia. Una chorrada me parece a mí. Esto debe ser para las celebrities porque lo más clandestino que he comido yo últimamente es medio sandwich de Nocilla que abandonó mi hijo en la alfombra del salón. Si buscáis emociones gastronómicas fuertes tenéis más información en www.banquetepopup.com. Ahí os lo dejo.

            Yo quiero instaurar una nueva tendencia. El croquetismo. Soy croquetista y lo confieso. Creo que todo surgió por un trauma infantil que padezco: Mi madre no me hacía croquetas cuando yo era pequeña. Terrible ¿verdad? Creo que la razón es que le daba pereza pero también puede ser que fuera porque normalmente se hacen con las sobras y en mi casa no sobraba na-da. O sea, que nos lo zampábamos todo. El caso es que a mí me gustaban mucho y yo veía como las otras mamás sí las hacían  y la mía no... y... Ayyyy, bastante bien he salido con la infancia tan triste que he tenido.

            A lo que iba. Hace varios años que voy en busca de la croqueta perfecta. Incluso fui a la taberna de los Bardem en Chueca porque presumían de tener las mejores del mundo: las croquetas Jamón-Jamón. Pues qué queréis que os diga, son francamente buenas pero de que son las mejores del mundo nasti de plasti. Hasta ahora las primeras de mi ranking son las de un restaurante llamado Almirez en Hervás, un pueblo preciosísimo en pleno valle cacereño del Ambroz. Las hacen de puerro, de calamares en su tinta, de jamón, de ibéricos... Si tenéis oportunidad no dejéis de ir. Como recomendación más de andar por casa os diré que las de Hacendado (otra vez el Mercadona) son estupendas. Parecen totalmente caseras y están ricas, ricas y con fundamento que diría aquél. También me gustan muchísimo las que hacen las madres de alguna de mis amigas (como la mía no las hace...). Aprovechan las sobras del cocido y están de muerte. Pero eso no son croquetas, son “cocretas”. 


            Bueno, pues eso, que a mí me gusta comer. Que disfruto un montón y que la gula me parece el mejor de los pecados; un pecado de gente maja, afable y bonachona. Ahora quiero perder unos kilos (cinco o seis), sé que tengo que renunciar a muchas cosas buenas y eso me entristece mogollón. Es inevitable. Pienso en las albóndigas de mi madre, en los tiramisuses de Rocío, en el arroz con leche de Flori, en los desayunos de Bruselas, en las croquetas de Hervás... y me pongo triste. Muy triste. 

ROSA